Una noche, en la azotea del estudio, Balti nos enseñó una canción que había escrito y que quería grabar. Sandoval tomó la guitarra, le hizo un par de propuestas, y en diez minutos ya existía Salvajes.
Es un amor salvaje, espinoso, doloroso. Un laberinto. Tortuoso pero profundamente genuino: el amor más hondo y aun así el que más hiere. Es sencilla y hermosa. Me encantaba ver a Balti tocarla, como un lobo herido aullándole a la luna.
Contada por Emilio Lezama